viernes

HORACIO QUIROGA (Uruguay)


EL VAMPIRO

Con motivo de una agitación insólita que parecía producirse en la caballería, una noche de otoño, en un obraje del Alto Paraná, nos traslados a los galpones a ver que pasaba allí. Nada vimos de anormal. Las mulas comían plácidamente sus hojas de palmera, sin el más leve asomo de inquietud.
Solamente que al barrer con el foco eléctrico los lomos de las acémilas, se leventaron sobre ellas fantásticas sombras que agitaron el ámbito con su vuelo zumbante.
Eran los vampiros. Del lomo de cada mula, preferentemente de la cruz, escurrían hasta el suelo gruesos hilos de sangre.
Porque nada demuestra hacia los animales domésticos de un país tropical
una solicitud más perseverante que la de los vampiros. Son sus amigos nocturnos, infalibles e infaltables.Llegan apenas entrada la noche, y caen de golpe prendidos al lomo de su amigo predilecto. Prefieren el nacimiento del cuello, por ser éste el lugar más desamparado del animal, o por haber allí vasos sanguíneos más superficiales y de gran rendimiento.
Sea esta o aquella razón, los vampiros apartan los pelos con el hocico, adhieren la boca a la piel, y mientras entreabren las alas con breves sacudidas, van absorviendo gota a gota la sangre de sus amigos.
Ya saciada su sed, el vampiro levanta el vuelo para caer como incrustrado sobre un palo o una pared, que remonta luego pesadamente llevando las alas de a rastra. De su fúnebre visita sólo queda en la piel de su amigo un redondel en carne viva de dos centímetros de diámetro, una llaga violenta y persistentemente succionada, de la que la sangre escurre y escurrirá aún por largo tiempo.
Pero la víctima no sufre; ningún indicio, por lo menos, parece indicarlo.
A la mañana siguiente perderá de nuevo cien o más gramos de sangre; se hallará un poco más somnoliente que la mañana anterior. Y a esto se reducirá todo, si la víctima posee un vasto río circulatorio. Así las vacas, los caballo, las mulas. Pero si el animal es de mediana corpulencia -tal la cabra- las cosas pasan de distinto modo.
Por este motivo los animales menores de aquellas latitudes arrastran una existencia precaria, pues cuantas energían asimilan durante un día de ardiente alimentación, al caer la noche las rinden en tributo de sangre a los vampiros. Recuerdo haber sostenido peregrina lucha con un ejemplar de grandes dimensiones, en el mismo obraje de que he hecho mención.
Acababa una noche por dormirme, cuando fui despertado por un vampiro. El animal volaba a diestra y siniestra por el galpón, y sus aletazos sonaban como látigos al cruzar a mi lado.
Era imposible dormir, e inútil esperar que nos abandonara. Cogí, pues, un robusto palo, y me puse de pie en la cama.
El calor de esa noche era sofocante. Yo no poseía encima otra ropa que la buena fe de creer tenerla. Desamparado así de ilusiones al respeto, esperé en la oscuridad que la buena suerte pusiera al vampiro al alcance de mi arma, cada vez que aquel llegaba desde el otro extremo del galpón. Palo de ciego, sin duda; pero de insólita eficacia en cuanto hiciera blanco.
Al fin -media hora tal vez desde el comienzo del duelo, -vampiro veloz y palo silbante se encontraron en el aire.
Como es natural, dormí tranquilo.
Pero lo curioso es que a la mañana siguiente hallamos al vampiro prendido con sus garras a la pared de madera, muerto. Sobre la espalda, con las patas y alas fuertemente cruzadas por bajo de su cuello, sostenía a su hijo, con el que había volado toda la noche anterior, y que vivía aún, aunque helado por el frío de la madrugada tropical, sin desclavar una sola de sus uñitas del cuello del vampiro.




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