domingo

GUIDO RODRÍGUEZ ALCALÁ (Paraguay)



BRAULIO



- Dios te bendiga, Braulio.
- Así sea contigo.
Las mujeres van a cargar con agua una campana vieja volteada que les hará de olla; quizás más tarde, con fierros viejos de lanza y filos desafilados de esquirlas cortemos, si hubo suerte, algún bicho del monte cazado para mí. Las mujeres sin hombre me llevan a la iglesia, donde duermen arracimadas como racimo de murciélagos, donde una vieja viejísima me pregunta por su marido muerto que yo bien conocía: él cargaba a mi lado, bajo el tambor y la metralla que se llevó mis piernas y su alma; era buen compañero. La mujer me bendice por el poco de tristeza que le traigo, que vale más que nada.
Después me preguntarán las otras, pero primero la vieja, siempre en primer lugar porque la creen sabia. Ella duerme por eso más cerca del altar, sobre los peldaños, en un jergón de paja que no se ve tan viejo. Pero duerme como las demás, tratando de espantar con rezos y con pedradas el viento y los animales y soldados que se les pueden meter por las puertas sin batiente. (Duermen en la iglesis sin cura, de piedra antigua, que no ardió cuando quemaron sus ranchos de paja). Es siempre igual: me conocen ya cuando me ven llegar al pueblo entre las mujeres que me tienden de los brazos; otra lleva mi sable militar y mi capa roja bien doblada. Pero igual me preguntan si soy Braulio; me preguntan por sus muertos conocidos aunque los saben muertos. Yo nunca miento, pero a cambio me dan ropa y me dejan seguir mi camino para la Asunción, llevado en vilo por un desierto de pueblos con las plazas al medio y nada alrededor. Y es que debo llegar a Asunción para vender un uniforme de oficial y otras cositas salvadas de los cuervos de los brasileros y de nuestro mismo Mariscal Presidente que nos fusila más que el enemigo y nos hambrea más forzándonos a seguirle con su ejército a la deseperanza y hasta los medios muertos como yo nos persigue, a los rezagados de la marcha que no pueden escapársele. (Vendería también mi morrión de cuero, donde guardo tabaco y algún real de cobre, la bayeta que me cubre los riñones pero ¿qué me darían por eso?). La que duerme en el altar me cuenta que por los montes se pasea el tigre, cebado con la carne de cristianos. El tigre no ha querido molestarme en el camino y he de llegar un día a la Asunción.
Dice que hay comerciantes y señoras con monedas de plata para los mendigos de la plaza. Tengo que llegar. Si no llego, hoy las mujeres han de llevarme al arroyo para desvestime y refrescarme y ponerme lejía o jugo de limón en las axilas para que no huelan mal. Después he de quitarle el miedo, por algún momento, a la mujer del altar. Después iré a las otras, por si Dios quiere acaso hacerles el favor de un hijo.


Curuzu Cadete -Cuentos de Ayer y de Hoy.
RP.ediciones - Criterio Ediciones, Asunción,1990.

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