domingo

SILVIA ADELA KOHAN (Argentina)


YO, LA TEJEDORA


(Me asomé y la vi; sentada cerca de las persianas entornadas y tejiendo. Podría ser una imgen, pensé. Y la dejé así)

Purmamarca.Llegué con el último micro de la compañía jujeña, me fui acercando a ella más que a los colores y las esperas. Tejía una bufanda muy enruladita como para abrigarnos del frío de las montañas, una sola para todos ellos que esperaban arracimados entre las cruces.

La noche anterior, 13 de junio de 1978, ella había conjeturado que yo llegaría; eso me pareció que dijo cuando antes de la medianoche, entre los chasquidos de las agujas, habló de los vecinos, una fila de ojos curiosos para la única mirada de la tapera.
El sombrerito rojo se ladeaba en su cabeza cada vez que chupaba la bombilla: su procedencia irlandesa se hacía, de este modo, innegable.Ellos habían sabido, se habían burlado, de sus presentimientos.

Y hasta el viento silenció los rumores; nadie quedó en el pueblo.
Se intranquilizó cuando creyó que alguien la estaba observando, dejó las agujas y volvió a tirar las cartas, no había error.

Los árboles bordeaban las urnas en el cementerio viejo, tal como ella lo insinuó, cada uno enterró allí sus huesos: el siguiente tapó al último, todos respondieron a los presagios, por convicción o por pueblo.

Espió por entre el alambre de la ventana y nada. Luego las gallinas se arracimaron junto a la pileta del patio, siempre lo hacían cuando alguien se acercaba, pero el camino no mostraba huellas, ni de perros, ni de vacas. Se pronosticó a sí misma las visiones cuentan y se quedó quieta. Pensar era una posibilidad, chupar yerba la otra. Siguió tejiendo. Ninguno estaría para abrir el portón herrumbrado del cementerio viejo, ella haría fuerza. La bufanda crecía y crecía su afán por envolverlos a todos, al cabo de una semana estuvo lista, se preguntó dónde me habría metido yo para mostrármela. Un fragmento de espejo, apoyado sobre la cómoda, la reflejaba. Fue ese momento en que dudé si había llegado a Purmamarca ese otoño.

Al amanecer del octavo día,ella, que no había dormido las siete noches anteriores, se inclinó en la hamaca, cerró los ojos y llamó a los muertos. Ninguno rspondió.

Sus pasos rebotaron contre el piso de tierra, duplicaron los míos como un eco, mientras ella afirmó, en voz alta, esa tarde del veintiuno de junio entre el adobe, que me escuchó golpear las manos al llegar, y copió mi gesto de impaciencia, característico, cada vez que se me escapa un punto.


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